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Alrededor de 1281 es cuando el rey Felipe III “el Atrevido” decide crear una casa de campo en “la barra”, este acantilado asentado a más de 150
metros por encima del nivel del río Dordoña. La “bastida” ha sido construida dentro de las “normas”, o sea respectando el plano reglamentario de las calles
que se cruzan en ángulo recto, las plazas cuadradas, una plaza abastos y mercado cubierto, etc... Gracias a las obras de restauración, esta casa de campo ha
sobrevivido y sigue todavía hoy dando testimonio de la riqueza de su historia.
Aunque la época prehistórica ha dejado numerosas huellas, es durante el Medioevo sobre todo cuando Domme ha conocido sus horas más apasionantes y gloriosas.
Los diferentes episodios de la guerra de 100 años se pueden leer todavía en las piedras amarillentas y usadas, y nunca hubiera sido construida Domme sobre un
acantilado tan alto si las amenazas enemigas no hubieran sido tan numerosas.
Los vestigios más imponentes de este aspecto militar hacen de la casa de campo de Domme un sitio notable. En efecto, las murallas que rodean el pueblo y sus
diferentes puertas de acceso siguen estando todavía ampliamente presentes, muy bien conservadas. Lo más impresionante es sin lugar a duda la Puerta de las Torres, que demuestra hasta que punto el rey deseaba desanimar a los eventuales asaltantes, imponiendo reglas de estética a los constructores de las fortificaciones.
Es innegable el carácter atractivo de Domme. Aquí reina un ambiente muy peculiar, sosegado y sereno que tranquiliza el alma tanto como el excepcional panorama sobre el valle de la Dordoña que revela el castillo de Montfort, el espectacular pueblo de La Roque Gageac y el castillo de Beynac. Pero la casualidad ha brindado también a Domme muchos otros tesoros que, como el pueblo, pueden descubrirse siguiendo una de las numerosas visitas turísticas :
Los aficionados pueden descubrir una cueva natural que se extiende por debajo del pueblo, a más de 20 metros de profundidad con 450 metros de largo.
Está constituida por una cadena de salas que el visitante puede descubrir, unas tras otras, en una increíble profusión de cristalizaciones. Luego, un ascensor
panorámico en ladera del acantilado permite regresar al pueblo. Descubierto en 1912 por unos niños que estaban jugando, esta joya de la naturaleza ha dormido
en el corazón del acantilado, desde su creación, hasta la época prehistórica.
Algunos miles de años más tarde, se encarcelaron a los pobres templarios en la Puerta de las Torres mientras esperaban la muerte. Su destino y su fe les han conducido a grabar en los muros del calabozo conmovedores testimonios más o menos misteriosos, que hacen de esta cárcel un sitio único en el mundo. La lectura iconográfica de estos signos y su interpretación eventual no pueden dejar indiferente a nadie y provocan idéntica emoción al apasionado de historia y al curioso de paso.
Unos cientos de años más tarde, nuestros abuelos tenían todavía vidas duras y difíciles por las calles de Domme, mucho antes del reino de las máquinas eléctricas. El Museo de la plaza de abastos y mercado cubierto les llevará a este universo tan próximo y sin embargo tan lejano, gracias a numerosos escenarios reconstituidos. Una cantidad de objetos de “antaño” hace descubrir a los jóvenes lo que los mayores han conocido en su juventud. Una oportunidad única de compartir recuerdos, resucitar el pasado y perpetuar la historia...